Hoy vivimos en un mundo globalizado en el que nada se siente lejos; todos estamos a un click de distancia. Vemos cómo la tecnología se ha encargado de cercar al ser humano; la rapidez en la que viaja la información de un lado a otro es impresionante. Sin embargo, la globalización incluye mucho más que lo tecnológico (que muchos investigadores consideran como sofismas de distracción), y que la capacidad que tenemos hoy los seres humanos de enterarnos de lo que está ocurriendo en lugares lejanos. Hoy el mundo está globalizado y se asiste a un contundente intento de que exista un idioma global, una moneda global, un sistema económico global (neoliberalismo). Es decir observamos un interés de una ideología dominante en la que, históricamente, el más fuerte domina sobre el más débil.
La Historia es testigo de que cuando una nación poderosa llega a tierras nuevas se realiza un ejercicio de conquista y colonización. Esta se hace, en primer lugar, colocando las tierras conquistadas a nombre del país o imperio de turno para, posteriormente, darse una transformación del componente ideológico en la que el dominante ve con ojos arrogantes el componente cultural y religioso del conquistado. Además también se dan cambios económicos, políticos y lingüísticos. Al final, constatamos que el conquistado termina pareciéndose al conquistador. Se trata de una evidencia histórica experimentada por la América insular y continental. La colonización también se entiende como un conjunto de cargas políticas y morales, asimétricas para muchos, en lo que respecta a lo social (injusticias), abusos inhumanos e imperativos morales, como diría J. Jorge Klor de Alva, que exigen actos de resistencia, demandas de justicia y luchas por la liberación (Klor, 2010).
Colonialismo moderno: Colonialismo y Colonialidad
Algunos investigadores han hecho una distinción entre colonialismo y colonialidad. Se entiende el colonialismo como el proceso en el que se utiliza el poder político y militar que se despliegan para dominar y garantizar la explotación del trabajo y de las riquezas de las colonias para beneficio del colonizador. La colonialidad se entiende como todo un fenómeno histórico, que se extiende hasta hoy, y que tiene que ver con un patrón de poder que opera a través de la naturalización de jerarquías territoriales, transnacionales, raciales, culturales y epistémicas, lo cual posibilita la re-producción de relaciones de dominación. Esto garantiza y hace posible la explotación de una mayoría de seres humanos por una minoría dueña de la riqueza, además de la obliteración y subalternización de los conocimientos, experiencias y formas de vida de quienes son dominados y explotados (Restrepo & Rojas, 2010).
Los países poderosos han comenzado a hacer este ejercicio de colonialismo moderno (nombre que daremos al concepto que encierra las dos facetas descritas: colonialismo y colonialidad) de forma efectiva. Encontramos dominantes y dominados, opresores y oprimidos. El actual modelo económico neoliberal se ha propagado por todo el mundo. Una economía opresiva que abre cada día más la brecha entre ricos y pobres, y en la que el ser humano sólo es visto como un número más en la cadena de producción, y en la que el consumismo ha llegado a límites insospechados, hasta el punto de encontrarnos familias destrozadas por causa del endeudamiento. Vemos sueños y metas frustradas que llevan a muchos al suicidio.
De hecho muchos investigadores del colonialismo moderno consideran que la lógica de la opresión reinante produce el descontento y la desconfianza entre aquellos que reaccionan contra la violencia imperial. Los países dominantes recurren a ciertos mecanismos para dejar claro que quienes no forman parte del nuevo cambio “globalizado” son enemigos del sistema. Por lo tanto surge un lenguaje guerrerista: todo aquello que no encaje en la dinámica globalizada es “terrorismo” y enemigo de la democracia.
Así que al final, todos estamos dentro de una gran cárcel azul llamada tierra en la que, como autómatas, nos dejamos imponer un modelo económico, una moneda, un lenguaje imperante y unas costumbres que no forman parte de nuestras culturas. Estamos presos de las pretensiones del mercado, no libres. Precisamente, el colonialismo moderno pretende que todos pensemos que vivimos en países democráticos, en estados de derecho, cuando la realidad es que vivimos cada día más lejos de nuestras propias raíces. La arrogancia europea y del norte de América observa nuestra cultura con desprecio. Nuestra forma de pensamiento no se ve con buenos ojos, pues aún conservamos, por imposición, pensamientos y filosofías europeas. Para Europa, el pensamiento filosófico latinoamericano carece de importancia. Incluso nuestros modelos pedagógicos son fieles copias de los europeos, que apuntan a moldear a las futuras generaciones de manera global en una dinámica de “competencias” como antesala a todo proceso guerrerista y a una determinante necesidad de conquistar y de “enfrentar al mundo”, entendido esto último como la manera en la que las futuras generaciones se acoplarán satisfactoriamente, sin ápice de duda ni levantamiento, al actual colonialismo moderno.
Resulta curioso observar que el colonialismo moderno vea la pobreza como un problema ajeno al sistema imperante y no como una consecuencia directa de esta nueva forma de colonización. Es una paradoja entender que se le pida a las grandes potencias invertir un poco de su producto interior bruto (PIB) en mejorar las condiciones de aquellos que viven por debajo de los índices de pobreza, cuando ellas mismas son practicantes e impulsoras del actual modelo económico neoliberal, que como ya hemos dicho destruye la vida, la felicidad, y abre la brecha entre ricos y pobres. Precisamente, el neoliberalismo promueve la violencia y los mercados deben tomarse como un lugar sin piedad, al que no le importa la dignidad del ser humano. De hecho Maucher, presidente de la multinacional suiza Nestlé, afirmó en 1991 que quería ejecutivos con instinto asesino y voluntad de lucha (Hinkelammert, 2003). En este mismo sentido, encontramos los dictámenes del Banco Mundial (BM), el Fondo Monetario Internacional (FMI), y la Organización Mundial de Comercio (OMC), que manipulan a los países en vías de desarrollo y los hacen caer en sus redes, extrayendo de ellos sus riquezas y haciéndolos partícipes del juego neoliberal.
Hacia un despertar: una des-colonialidad se hace necesaria
Es necesario despertar para hacer posible un desarrollo de un pensamiento des-colonial, un pensamiento que nos haga ver que nuestras formas de ser son genuinas, propias, extraídas de nuestro contexto y que lo cultural no es vago, sino que ha sido la herencia histórica de nuestros antepasados. Así que podemos definir este pensamiento como aquél que se desprende y se abre a entender las diferencias, el mundo y su diversidad a esta que tradicionalmente ha sido vista como una cultura de bárbaros, primitivos, indios, místicos, categorizada de esta forma por la racionalidad moderna europea.
Todo esto debe llevar a un cambio de paradigmas, a un giro epistemológico. Este giro tiene que ver con:
“La apertura y la libertad del pensamiento y de formas de vida (cambios en lo económico y político), la limpieza de la colonialidad del ser y del saber. Por otra parte este pensamiento descolonial también debe proponer otra forma de ver al sujeto, de hecho recuperarlo. En las actuales sociedades modernas el ser humano no es visto como sujeto, sino como objeto experimental del mercado y sus políticas, por cierto inhumanas y crueles.
Este pensamiento descolonial debe comenzar a ver este mundo ya no desde la universalidad sino desde la pluriversalidad. Debe desprendernos del encantamiento de la retórica de la modernidad, de su imaginario imperial articulado en la retórica de la democracia” (Quijano citado en Bonilla, 1992).
Además, debe llevarnos a una descolonización epistemológica, a nuevas formas de comunicación inter-culturales, en donde el intercambio de experiencias de vida sea crucial y en el que se nos permita dar nuevas significaciones a los fenómenos, a dar por sentado otra racionalidad, nuevas formas de pensamiento, nuevas verdades y a comprender que la paz no se consigue con un lenguaje guerrerista, opresivo, sino a través del diálogo y la implementación de políticas y economías justas, además de implementar procesos de enseñanza en la academia que lleven a la reflexión de nuestra realidad y al desarrollo de propuestas liberadoras enmarcadas en el dialogo y en el respeto a la diversidad.
Bibliografía
Bonilla, H. (1992). Los conquistados. 1492 y la población indígena en las Américas. Ecuador: Tercer Mundo Editores.
Hinkelammert, F. (2003). La violencia sagrada del imperio: el asalto al poder mundial. Bogotá: Editorial Buena Semilla.
Klor, J. (2010). La poscolonización de la experiencia (latino) americana. En P. Sandoval (Ed.),Repensando la subalternidad. Miradas críticas desde/sobre América Látina. (Segunda Edición ed.). Popayán: Envión Editores.
Restrepo, E., & Rojas, A. (2010). Inflexión decolonial: fuentes, conceptos y cuestionamientos.Popayán: Editorial Universidad del Cauca.