El verbo saturar tiene que ver con añadir una sustancia a un disolvente hasta que este no admita mayor concentración de ella. En el mundo de la química es paradigmático. Si vamos añadiendo azúcar al café, llegará un momento en el que ya no se disolverá más. Se habrá saturado.
Esta expresión es válida también en el ámbito personal y social. Puede equiparase a cansancio por algún exceso. Podemos estar saturados de trabajo, de responsabilidad al tener que atender a alguien con una enfermedad crónica o en situación de dependencia, de la dificultad de controlar nuestros propios sentimientos disfuncionales causados por algún trastorno psicológico como la ansiedad, la tristeza, la depresión, la preocupación desmesurada…
Con frecuencia, lo que provoca el cansancio derivado del exceso es la insensibilidad y la indiferencia. Nos inmuniza. Así, la mayor parte de los reclamos publicitarios que encontramos en el buzón acaban en la papelera. Muchas de las llamadas y mensajes que recibimos en casa presentándonos nuevos productos o servicios no son contestados. Estar saturados de tanta publicidad ya no nos provoca el impacto que sus diseñadores pretendían.
También experimentamos una fuerte saturación en el campo de la comunicación. Nunca en nuestra historia habíamos dispuesto de tantos medios para relacionar-nos: prensa escrita, radio, televisión, Internet, redes sociales… Empieza a hablarse de pandemia informativa o infodemia. Este exceso, si no es gestionado de modo inteligente, también acaba provocando cansancio y saturación.
En términos generales, durante este último año (coincidente con la pandemia provocada por el Covid-19) ha aumentado el consumo de la información; si bien empiezan a identificarse colectivos que prefieren poner límites al alud de noticias que diariamente nos alcanzan por cuanto terminan afectando su estado de ánimo. Nuestra capacidad de atender sin alteración tanta información tiene limitaciones neurológicas. Sobrepasado el límite de la saturación, nuestra respuesta tiene ya poco de consciente o intencional.
Una evidencia de esta saturación informativa es el desinterés ante situaciones que deberían provocarnos algún tipo de reacción. La indiferencia en la que nos instalamos se manifiesta en la ausencia de sentimientos, la pasividad, el descompromiso. Y si aún queda algún ápice de sensibilidad, siempre será posible desconectar de la realidad cambiando de canal o echando a la papelera del móvil o del ordenador aquel mensaje que remueve algo de nuestro interior.
Afortunadamente, personas y entidades responden constructivamente a las muchas situaciones escalofriantes que sacuden nuestras conciencias: voluntarios atendiendo a los refugiados que alcanzan nuestras costas, comedores sociales para personas excluidas del sistema, soporte a las víctimas de la violencia de género, profesionales de la sanidad trabajando, más allá de sus fuerzas, en hospitales y residencias geriátricas para hacer frente a los estragos de la pandemia…
Pero la positividad de estos ejemplos no puede esconder el hecho que la saturación que provoca un exceso de información nos sitúa, muchas veces, en la falta de respuesta. En un reciente artículo sobre esta temática, Xavier Casanovas, vinculado al movimiento de Cristianismo y Justicia, escribía que la dependencia extrema de nuestras vida a los contenidos informativos de las muchas pantallas de las que estamos pendientes «conduce a la irrelevancia más profunda de todo aquello que nos rodea a más de cinco metros. Cuando una pantalla se interpone entre uno y la realidad, la distancia se vuelve infinita y la respuesta imposible».
Es por este motivo que podemos ver las imágenes más escandalosas y continuar haciendo, con toda normalidad, nuestra vida. El reportaje más aterrador queda difuminado por la banalidad del circo mediático y la frivolidad del reality. Todo acaba formando parte de la misma oferta de entretenimiento, pues pasamos de un género a otro sin interrupción, sin tiempo para digerir el mensaje recibido. La saturación dificulta el análisis crítico y la capacidad para discriminar. Todo se vuelve muy periférico e insustancial.
Indiferencia fue también la actitud del sacerdote y del levita de la parábola del buen samaritano. Este hecho tiene que hacernos pensar que una saturación de actividad religiosa institucional puede insensibilizarnos respecto al cuidado, la atención, el tiempo, los recursos personales que es necesario revertir en el prójimo. Este puede suceder cuando nos orientamos más a las cuestiones dogmática, legales, administrativas… que a las necesidades de quienes nos rodean.
El peligro de la insensibilización es real. Cierto es que ninguna persona, individualmente considerada, puede hacer frente y resolver problemas que, frecuentemente, superan las posibilidades de los propios gobiernos. Ahora bien, una cosa es la imposibilidad de solucionar determinadas situaciones y otra la indiferencia con respecto a estas mismas problemáticas. La ausencia de respuestas no tiene por qué situarnos en la distancia emocional.
Se hace, pues, imprescindible evitar las consecuencias tóxicas de la saturación y discernir el valor diferencial de la ingente cantidad d’imputs que nos alcanzan y reclaman. Algunos no merecen el tiempo que podríamos dedicarles. Otros, por sus implicaciones éticas, deberían reclamar nuestro interés. Seguramente que, en tales casos, encontraremos la manera de realizar algún tipo de acción: denunciar hechos contrarios a los derechos humanos, colaborar con otras personas en iniciativas de solidaridad, atender las necesidades de los más cercanos, influir positivamente en nuestro entorno más inmediato, acoger e integrar la diferencia, ser agentes de pacificación…
Este discernimiento no siempre es fácil, requiere acceder a diferentes fuentes, contrastar las informaciones, establecer jerarquías de confianza, diferenciar los hechos objetivos y contrastados de las opiniones personales… y decidir. Pero es la manera que la saturación informativa o de otras índoles no nos paralice por insensibilidad o indiferencia y nos permita actuar responsablemente ante tantas realidades que interpelan nuestra conciencia.
Jaume Triginé
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